EXPOSICIONES
Llave para la lectura del espacio
1986
Cuando el arte abstracto renuncia al objeto, está demostrando una voluntad de trascender el mundo material; está afirmando su ánimo y su fuerza espiritual. Pero alcanzar la espiritualidad en arte es algo muy difícil y muy infrecuente.
Se necesita que el artista supere los simples hallazgos de la técnica y dote a sus elementos pictóricos de alma; que los anime, los vuelva significativos, les inyecte sentimiento y vida propia.
Pero que además los dirija hacia una meta preci-sa, donde todos los efectos de la pintura se subliman y adelgazan, pierden precisión y se alejan de los objetivos concretos. En otras pala-bras, toda la buena pintura debe tener espíritu, pero no tiene por qué ser espiritual. El término espiritual, añadido a la palabra pintura, es un adjetivo calificativo como puede ser la palabra enérgica, o sutil, o decorativa, o dramática. Representa una posición de la pintura que, en el arte contemporáneo anterior a las invasiones abstractas, estaría representada por Klee y que mal podría aplicarse a Picasso, Matisse o Kokoschka. La pintura espiritual descarta tendencias excesivamente radicales; permanece neutral ante el drama y ajena a la pasión; sin proponérselo explícitamente, alcanza muchas veces las zonas de la poesía lírica y, como ella, no pretende alcanzar una verdad, sino un orden puramente estético, lleno de acordes imperceptibles.
La pintura espiritual es casi inexistente en América. Su terreno natural fue siempre China y Japón, donde la continua prescindencia de valores materiales y las infinitas resonancias poéticas ocupan todo el panorama expresivo. En Europa aparece intermitentemente, en la penumbra de Rembrandt o la luz de Vermeer, los verdes de Botticelli o en la línea de Klee.
Parece requerir, en todo caso, una antigua tradición expresiva de la cual deriva; por eso es insólito que se produzca en America, donde las formas expresivas son ofensivamente jóvenes.
No es una obra abstracta más, de las que estamos condenados a ver semana tras semana. Se diferencia de los habituales experimentos abstractos o semifigurativos de nuestros pintores por una calidad extraordinaria; no acude en ningún momento a resoluciones burdas y rápidas, no rompe la superficie del cuadro con ex abrupto técnicos; no se sirve de ningún efectismo. Se trata de una calidad profunda, de buena pintura, que se alcanza lentamente pero con plena seguridad de lo que se está haciendo. Ni la técnica es epidérmica, ni son superficiales los sentimientos que la animan. Representa un trabajo laborioso y profundo que, a fuerza de no conformarse con ningún resultado fácil, alcanza la integridad del sentimiento. El cuadro respira, se desarrolla y se resuelve en el ámbito de la mejor poesía pictórica: se comprende que el pintor cree en los valores espirituales y que sabe por qué medios debe alcanzarlos: líneas, manchas, colores, texturas se van afinando y fundiendo hasta lograrlo.
La pintura de Pantoja muestra hasta qué punto una mancha carente de significados objetivos puede interesar y conmover. Esta persecución de la belleza pura, sin trampas de ninguna especie, se ve muy pocas veces entre nuestros artistas.
La pintura de Pantoja es la respuesta al truquismo que vacía peligrosamente de todo contenido a los elementos de la pintura.
Marta Traba
Se necesita que el artista supere los simples hallazgos de la técnica y dote a sus elementos pictóricos de alma; que los anime, los vuelva significativos, les inyecte sentimiento y vida propia.
Pero que además los dirija hacia una meta preci-sa, donde todos los efectos de la pintura se subliman y adelgazan, pierden precisión y se alejan de los objetivos concretos. En otras pala-bras, toda la buena pintura debe tener espíritu, pero no tiene por qué ser espiritual. El término espiritual, añadido a la palabra pintura, es un adjetivo calificativo como puede ser la palabra enérgica, o sutil, o decorativa, o dramática. Representa una posición de la pintura que, en el arte contemporáneo anterior a las invasiones abstractas, estaría representada por Klee y que mal podría aplicarse a Picasso, Matisse o Kokoschka. La pintura espiritual descarta tendencias excesivamente radicales; permanece neutral ante el drama y ajena a la pasión; sin proponérselo explícitamente, alcanza muchas veces las zonas de la poesía lírica y, como ella, no pretende alcanzar una verdad, sino un orden puramente estético, lleno de acordes imperceptibles.
La pintura espiritual es casi inexistente en América. Su terreno natural fue siempre China y Japón, donde la continua prescindencia de valores materiales y las infinitas resonancias poéticas ocupan todo el panorama expresivo. En Europa aparece intermitentemente, en la penumbra de Rembrandt o la luz de Vermeer, los verdes de Botticelli o en la línea de Klee.
Parece requerir, en todo caso, una antigua tradición expresiva de la cual deriva; por eso es insólito que se produzca en America, donde las formas expresivas son ofensivamente jóvenes.
No es una obra abstracta más, de las que estamos condenados a ver semana tras semana. Se diferencia de los habituales experimentos abstractos o semifigurativos de nuestros pintores por una calidad extraordinaria; no acude en ningún momento a resoluciones burdas y rápidas, no rompe la superficie del cuadro con ex abrupto técnicos; no se sirve de ningún efectismo. Se trata de una calidad profunda, de buena pintura, que se alcanza lentamente pero con plena seguridad de lo que se está haciendo. Ni la técnica es epidérmica, ni son superficiales los sentimientos que la animan. Representa un trabajo laborioso y profundo que, a fuerza de no conformarse con ningún resultado fácil, alcanza la integridad del sentimiento. El cuadro respira, se desarrolla y se resuelve en el ámbito de la mejor poesía pictórica: se comprende que el pintor cree en los valores espirituales y que sabe por qué medios debe alcanzarlos: líneas, manchas, colores, texturas se van afinando y fundiendo hasta lograrlo.
La pintura de Pantoja muestra hasta qué punto una mancha carente de significados objetivos puede interesar y conmover. Esta persecución de la belleza pura, sin trampas de ninguna especie, se ve muy pocas veces entre nuestros artistas.
La pintura de Pantoja es la respuesta al truquismo que vacía peligrosamente de todo contenido a los elementos de la pintura.
Marta Traba
Artista
Oscar Pantoja
Oscar Pantoja