NOVEDADES

Invitados

Toda obra es, en el fondo, una invitación. Un gesto abierto al otro, un espacio donde lo íntimo y lo colectivo se cruzan. En Invitados, Enrique Jaramillo Barnes convoca a un grupo muy peculiar de personajes: figuras anónimas que podrían ser cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, pero que, sin embargo, cargan consigo la memoria de la infancia, la nostalgia de las caricaturas ochenteras, los ecos de la cultura popular y la moda de épocas pasadas. Son recuerdos disfrazados de personajes.

Aquí, sus protagonistas no tienen rostro. No lo necesitan. Porque no representan a alguien en particular, sino a todos nosotros. Son fragmentos de una memoria colectiva, envueltos en composiciones que remiten tanto al juego como al recuerdo. Pero, en esta ocasión, no flotan en el vacío, como en series anteriores. Ahora habitan configuraciones que evocan un teatro antes de la función o después del cierre, cuando la escenografía espera apilada entre sombras y destellos. Hay en esos espacios algo de arquitectura en proceso, de estructuras superpuestas, de líneas que dibujan un mapa de lo posible.

El entorno donde se sitúan es clave. Está compuesto por planos, líneas y formas que se pliegan y despliegan como si se tratara de un modelo arquitectónico en desarrollo, una maqueta tridimensional donde la geometría dialoga con la pintura. Hay, sin duda, una raíz arquitectónica en estas composiciones, pero también una vibración más lúdica, casi como si el artista jugara a construir pequeños mundos donde todo puede suceder.

La paleta cromática, dominada por tonos tierra, cuero, ladrillo y camel, surge de una experiencia vital: el contacto con el suelo, el cuidado del jardín, el vínculo con la siembra. De allí, quizás, proviene esa sensación orgánica, cálida, terrosa, que atraviesa la serie. Sin embargo, siempre hay un quiebre, un pequeño toque de color inesperado que interrumpe la armonía, como un destello que sacude la calma del paisaje. Ese gesto, casi un guiño, es parte del lenguaje habitual de Jaramillo: el equilibrio entre la contención y la sorpresa.

Su trazo recuerda el orden severo de Mondrian o la geometría fragmentada del cubismo, pero sin rigidez. Aquí, la línea no impone: insinúa. La profundidad no es un abismo, sino un pliegue leve, una invitación a mirar más allá de la superficie.

Invitados es, en el fondo, un acto de hospitalidad. Una mesa abierta donde pasado y presente se entrelazan, donde la infancia y la madurez dialogan en silencio. Una exposición que no busca imponer un relato, sino abrir la puerta para que el espectador entre y reconozca en estos personajes algo de sí mismo.

Porque, en el arte de Enrique Jaramillo, cada escena es una bienvenida.

Curador Céssar Sasson Pinto








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