EXPOSICIONES
1997
Pedro Luis Prados S.
En la obra de Juan Carlos Marcos lo trivial se convierte en trascendente, la inexactitud de las impresiones de los objetos cotidianos adquieren la nobleza del detalle amplificado, lo obvio asciende a la categoría de originalidad. Porque en este artista de origen argentino y radicado en Panamá desde hace más de treinta años, la preocupación fundamental es lograr una obra de arte que reitere el principio formalista de ser finalidad en sí misma.
Este sacrificio de la temática y la reiterada utilización de una misma proyección como elemento constitutivo —lo que él ha dado en llamar el “cuadro único”— tiene como finalidad anteponer la experiencia plástica como ejercicio técnico, cromático y formal a cualquier distracción sobre el sentido de la obra de arte. Porque si algún sentido tiene, no puede ser otro que revelar la sustancialidad como objeto creado sobre cualquier otro significado adherente.
Como en las reiteradas descripciones literarias de Alain Robbe-Grillet, en las cuales el detalle objetivo es enfocado varias veces, en diferentes ángulos, en un esfuerzo por captar las cualidades esenciales; o bien, como en la amplificación de los detalles ensayados por James Joyce para fijar la esencia del acto, Juan Carlos Marcos enfoca los detalles y los amplifica una y otra vez, procurando destacar la tipografía y fotos del periódico, los dobleces de la tela, el cuidadoso entramado del tejido, el brillo opalescente de la superficie, la torsión de los metales o los pliegues de la piel, no para insistir en la lectura de un mensaje; sino para hacer una fenomenología de lo cotidiano como esencial del arte.
También, desde otra perspectiva y frente al uso de un cuidadoso realismo, introduce en el mismo discurso alusiones surrealistas, mundos recreados en un complejo panorama onírico inserto en un espacio en donde se mezclan figuraciones que enfrentan la instrumentalidad del mundo a la volátil reminiscencia de lo imaginario. La introyección de un mundo demasiado obvio y la proyección de sus esencialidades en la obra de arte establece ese camino de doble vía que caracteriza al acto de creación con el cual el artista se empeña en comprometernos.
Establece de esta manera un orden semántico entre el espacio —pisos cuidadosamente proyectados, cielos de marcada profundidad y paredes decoradas al detalle— y la figuración cotidiana —muebles, herramientas, adornos, juguetes— confrontando en un mismo testimonio la posibilidad del arte como producto de la interacción continua del mundo y la imaginación. Posibilidad consignada por una serie de recursos técnicos marcados por el preciosismo en el dibujo y el calculado uso del color, factores que permiten equilibradas disposiciones de forma y volumen como elementos dominantes en la composición.
Desprovistos de emoción, demasiado obvios en sus contenidos, indiferentes en la temática, estos lienzos de Juan Carlos Marcos nos hablan de otro estatuto de la obra de arte, en ellos integra la naturaleza muerta como reafirmación de un mundo habitado, pero igualmente imaginario, en el cual habitar es la densidad del espacio el derecho absoluto de la imagen. Y como expresara J. Moreno Galán: “La pintura de J. C. Marcos no ha derivado desde el realismo a la abstracción sino desde la figuración a la realidad”. Y es la realidad, en sus múltiples determinaciones, en la vivencia empírica de sus detalles, en la multívoca forma de ser conocida, a la que nos quiere aproximar el artista cuando de golpe nos enfrenta a esos detalles que a fin de cuentas son las pequeñas entidades de un mundo que se nos escapa con demasiada frecuencia.
En la obra de Juan Carlos Marcos lo trivial se convierte en trascendente, la inexactitud de las impresiones de los objetos cotidianos adquieren la nobleza del detalle amplificado, lo obvio asciende a la categoría de originalidad. Porque en este artista de origen argentino y radicado en Panamá desde hace más de treinta años, la preocupación fundamental es lograr una obra de arte que reitere el principio formalista de ser finalidad en sí misma.
Este sacrificio de la temática y la reiterada utilización de una misma proyección como elemento constitutivo —lo que él ha dado en llamar el “cuadro único”— tiene como finalidad anteponer la experiencia plástica como ejercicio técnico, cromático y formal a cualquier distracción sobre el sentido de la obra de arte. Porque si algún sentido tiene, no puede ser otro que revelar la sustancialidad como objeto creado sobre cualquier otro significado adherente.
Como en las reiteradas descripciones literarias de Alain Robbe-Grillet, en las cuales el detalle objetivo es enfocado varias veces, en diferentes ángulos, en un esfuerzo por captar las cualidades esenciales; o bien, como en la amplificación de los detalles ensayados por James Joyce para fijar la esencia del acto, Juan Carlos Marcos enfoca los detalles y los amplifica una y otra vez, procurando destacar la tipografía y fotos del periódico, los dobleces de la tela, el cuidadoso entramado del tejido, el brillo opalescente de la superficie, la torsión de los metales o los pliegues de la piel, no para insistir en la lectura de un mensaje; sino para hacer una fenomenología de lo cotidiano como esencial del arte.
También, desde otra perspectiva y frente al uso de un cuidadoso realismo, introduce en el mismo discurso alusiones surrealistas, mundos recreados en un complejo panorama onírico inserto en un espacio en donde se mezclan figuraciones que enfrentan la instrumentalidad del mundo a la volátil reminiscencia de lo imaginario. La introyección de un mundo demasiado obvio y la proyección de sus esencialidades en la obra de arte establece ese camino de doble vía que caracteriza al acto de creación con el cual el artista se empeña en comprometernos.
Establece de esta manera un orden semántico entre el espacio —pisos cuidadosamente proyectados, cielos de marcada profundidad y paredes decoradas al detalle— y la figuración cotidiana —muebles, herramientas, adornos, juguetes— confrontando en un mismo testimonio la posibilidad del arte como producto de la interacción continua del mundo y la imaginación. Posibilidad consignada por una serie de recursos técnicos marcados por el preciosismo en el dibujo y el calculado uso del color, factores que permiten equilibradas disposiciones de forma y volumen como elementos dominantes en la composición.
Desprovistos de emoción, demasiado obvios en sus contenidos, indiferentes en la temática, estos lienzos de Juan Carlos Marcos nos hablan de otro estatuto de la obra de arte, en ellos integra la naturaleza muerta como reafirmación de un mundo habitado, pero igualmente imaginario, en el cual habitar es la densidad del espacio el derecho absoluto de la imagen. Y como expresara J. Moreno Galán: “La pintura de J. C. Marcos no ha derivado desde el realismo a la abstracción sino desde la figuración a la realidad”. Y es la realidad, en sus múltiples determinaciones, en la vivencia empírica de sus detalles, en la multívoca forma de ser conocida, a la que nos quiere aproximar el artista cuando de golpe nos enfrenta a esos detalles que a fin de cuentas son las pequeñas entidades de un mundo que se nos escapa con demasiada frecuencia.