EXPOSICIONES


Bodegones y Composiciones
Artista
Lisa de Prudhoe
2000

Hará cosa de tres lustros, en un escondido zaguán del barrio de catedral, a pocos metros de la centenaria Estrella de Panamá, estuve por un fugaz instante frente a frente con una imagen inédita y perdida para siempre. Al sol canicular de las once y media, intranquilamente se mecía al viento una multiplicidad de prendas recién lavadas. Sobresalía una (acaso dos, su efecto era inmenso) colcha de retazos de rojos y azules y verdes tan intensos que parecían celebrar un incomprensible canto a la vida, en medio de la pobreza.

Esa imagen ha permanecido incólume en mi memoria, imborrable por su belleza, por su fuerza y por su profundidad.

Lo cierto es en las colchas de retazos, pese a que el periodismo y su, lastimosamente demasiado seguida, vacuidad lingüística, han convertido una abominable metáfora de la improvisación de los políticos, en lo intrínseco de ellas, en su inmanente laboriosidad y en el intrincado combinar de diseños y colores reside una imagen que se desdobla y es irrepetible. Contrapuesta al arte subcremado de Sears o Costco, la colcha de retazos es única, infinita en sus posibilidades creativas y humanas.

En este sentido es que puedo conectar aquella imagen recurrente cuando me asomo a la obra de Lisa de Prudhoe. Su geometría, sus espacios, el color, la libertad que propone quizás configuren este sentir ignoto.

Los cuadros de Lisa tienen el sello de una obstinada aplicación al trabajo. Puntada a puntada, trazo a trazo, rasgo a rasgo, sentimos que lentamente se va configurando una abstracción intensamente sentida, pasmosamente buscada. Su color, sus formas fantasmales e insinuadas ocupan un lugar concreto sin afectar una proposición básicamente euclidiana.

Lisa de Prudhoe, pese a su edad, es una pintora madura. El trabajo de sus últimos años así lo ha demostrado. Su constante tenacidad en busca de una composición complicada y con mesura a un tiempo, y de colores sutilmente propios, la distancian de otros pintores que pretenden, con algún icono o tal vez con un ademán afectado, “caracterizar” una impronta personal a su trabajo, sin importarles si recurren al cliché o al lugar común, derivando finalmente en una repetición pueril y superficial.

En cuanto a esta exposición, vale la pena, más por curiosidad que por otra cosa, escudriñar algunos cuadros que podrían ser la clave en la evolución próxima del trabajo de Lisa. Por un lado, aquellos lienzos que nos muestran algunos rectángulos que se nos antojan puertas o ventanas; trasuman el expresionismo por el que anduvieron Caligari y Mabuse y en el que Piscator y Fritz Lang imaginaron sus mejores pesadillas. Por otro, un mundo más tangible en el que se asoman torsos masculinos y femeninos, máscaras, rostros…

¿Entonces, encamina Lisa sus lienzos a lo figurativo?

En realidad de verdad eso no es un problema de fondo en su propuesta artística. Parece claro que la obra de esta artista puede disponer o no de elementos concretos o de formas geométricas o delineados o puntillados, cada uno de esos elementos resulta el pretexto para lo más importante de su labor creativa, porque su arte, la trascendencia de él, reside exactamente en la fuerza que desde el interior nos da su composición, su color y la alegría de sus espacios que flotan, que iluminan.

Héctor Rodríguez C.
Panamá, abril de 2000.